Pasaron unos días. Tal vez semanas, o incluso un mes. No lo recuerdo. Da igual. Lo importante es que me lo volví a encontrar, le volví a ver. A aquel chico alto, de ojos azules que me había guiñado un ojo a la salida del instituto. Estaba ahí, donde siempre. Igual que la última vez. Nos miramos, nos reconocimos y sonreímos disimuladamente. Una coincidencia. Puede. Eso pensaba yo, hasta que las cosas cambiaron.
Después de ese día, empezamos a vernos todas las semanas, a la misma hora, en el mismo sitio. Una mirada de tan solo unos segundos, que iban seguidos de una sonrisa que (por lo menos a mí) duraba todo el día.
Muchas veces estaba esperándome en la esquina, o salía corriendo detrás del coche, nos hacíamos muecas, corazones con las manos, nos tirábamos besos... Pero siempre nos íbamos. No nos conocíamos, no sabíamos el nombre del otro, no habíamos hablado nunca... y parecía que nunca íbamos a tener la oportunidad de cambiar las cosas. Eso era algo que, aunque no lo quería reconocer, dolía. Me hacía mil historias en la cebeza con aquel chico, me imaginaba cientos de formas de conocerle, de hablar con él. Pero nada de lo que había en mi cabeza se aproximaba lo más mínimo a la realidad.
U ndía estaba esperándome apoyado en una farola, la misma farola de siempre, el mismo sitio, la misma hora... Pero algo era diferente. En sus manos, tenía un papel. Pasé frente a él, y vi que era un "cartel". Me lo estaba enseñando, quería que lo leyera. Pero yo no podía. No alcanzaba a ver lo que ponía, estaba demasiado lejos y era papel de cuadrícula. Aunque pude ver que había escrito una palabra, que empezaba por 'T'...T...T... Tuenti. ¿Tuenti? ¿Me estaba pidiendo el Tuenti? La verdad es que eso encajaba. Solo tenía que pensar cómo contestarle.
Cogí un folio blanco y un rotulador negro. Dudé un minuto, no estaba segura de lo que iba a hacer pero al final, lo hice. Escribí mi nombre en letras mayúsculas, para que se viera bien. Guardé el papel en la mochila y me preparé para el día siguiente.
No estaba segura de si él estaría allí o no, tampoco sabía si lo podría leer... Lo único que sabía seguro es que las cosas iban a cambiar a partir de ese momento.
Mi vida
domingo, 17 de febrero de 2013
sábado, 20 de octubre de 2012
CAPÍTULO 21.
Todos los días, mi padre me iba a buscar a la salida del instituto para
llevarme a casa. Siempre pasábamos por el mismo sitio, primero por mi
antiguo colegio, después por otro instituto y luego subíamos la cuesta
para llegar al garage donde guardaba el coche.
No recuerdo el día exacto, ni el mes, sólo se que fue en el segundo trimestre. Yo iba mirando por el cristal del coche, embobada, pensando en mis cosas sin prestar mucha atención a la gente que pasaba por la calle. Cuando pasábamos por mi antiguo colegio, mi padre paró en el paso de patones, esperando a que la gente cruzase. Chicos y chicas en grupos, con mochilas a la espalda, riéndose y hablando de sus cosas, criticando a profesores, alumnos y demás gente. Sin prisa por llegar a sus casas. Giré la cabeza, y le ví. Un chico alto, con la piel oscura y unos ojos azules preciosos apareció al cruzar la esquina. Me quedé mirándole, aunque seguí ambobada y no estaba prestando atención. Él me miró también y, para mi sorpresa, me guiñó un ojo. Me reí disimuladamente mientras él se iba con una sonrisa. Mi padre continuó el camino, sin haberse enterado de nada.
En el resto de camino me formé mil historias con aquel chico. Recuerdo que, cuando yo estaba saliendo con Aram, mi amiga Paula me dijo un día por la calle "Mira, ¿no es ese tu novio?" y no, no era, pero se le parecía mucho. Juraría que aquel chico que me había guiñado el ojo, era el chico que Paula confundió con Aram. Seguro.
Llegamos a casa, y me olvidé totalmente de él. Comí y me fuí al sofá. Encendí la televisión y me relajé 5 minutos. Como todos los días. Digo 5 minutos, porque a las 4, tanía clase de baile. Salí de casa corriendo a las 4 menos 10. Llegaba tarde, por variar. No sabía si contarle lo del chico a mis amigas de la academia, así que al final no las dije nada. Ahora me arrepiento de no habérselo contado desde el principio.
Me olvidé del chico uno días. Pensé que no le iba a volver a ver. Bueno, en realidad no lo pensé, no volví a pensar en él. No me acordaba de él. No me le iba a cruzar en el mismo sitio. Pero estaba equivocada. No me imaginaba lo que iba a pasar en los meses siguientes. No tenía ni idea.
No recuerdo el día exacto, ni el mes, sólo se que fue en el segundo trimestre. Yo iba mirando por el cristal del coche, embobada, pensando en mis cosas sin prestar mucha atención a la gente que pasaba por la calle. Cuando pasábamos por mi antiguo colegio, mi padre paró en el paso de patones, esperando a que la gente cruzase. Chicos y chicas en grupos, con mochilas a la espalda, riéndose y hablando de sus cosas, criticando a profesores, alumnos y demás gente. Sin prisa por llegar a sus casas. Giré la cabeza, y le ví. Un chico alto, con la piel oscura y unos ojos azules preciosos apareció al cruzar la esquina. Me quedé mirándole, aunque seguí ambobada y no estaba prestando atención. Él me miró también y, para mi sorpresa, me guiñó un ojo. Me reí disimuladamente mientras él se iba con una sonrisa. Mi padre continuó el camino, sin haberse enterado de nada.
En el resto de camino me formé mil historias con aquel chico. Recuerdo que, cuando yo estaba saliendo con Aram, mi amiga Paula me dijo un día por la calle "Mira, ¿no es ese tu novio?" y no, no era, pero se le parecía mucho. Juraría que aquel chico que me había guiñado el ojo, era el chico que Paula confundió con Aram. Seguro.
Llegamos a casa, y me olvidé totalmente de él. Comí y me fuí al sofá. Encendí la televisión y me relajé 5 minutos. Como todos los días. Digo 5 minutos, porque a las 4, tanía clase de baile. Salí de casa corriendo a las 4 menos 10. Llegaba tarde, por variar. No sabía si contarle lo del chico a mis amigas de la academia, así que al final no las dije nada. Ahora me arrepiento de no habérselo contado desde el principio.
Me olvidé del chico uno días. Pensé que no le iba a volver a ver. Bueno, en realidad no lo pensé, no volví a pensar en él. No me acordaba de él. No me le iba a cruzar en el mismo sitio. Pero estaba equivocada. No me imaginaba lo que iba a pasar en los meses siguientes. No tenía ni idea.
jueves, 4 de octubre de 2012
CAPÍTULO 20.
El grupo cada vez estaba más dividido. Raquel y Paula ahora eran mejores
amigas. Idoya nos dejaba un poco de lado por su novio, pero siempre
estaba conmigo y con Elisa, igual que Lucía. Todas estaban un poco
enfadadas con Andrea, sobre todo Raquel y Paula, así que nadie la hacía
caso. Más de una vez se derrumbó delante de alguna de nosotras, pero
nunca llegó a pedir perdón. Imagino que pensaba que no había hecho nada.
Y en realidad, yo nunca me enteré bien de lo que había hecho. Tan solo
sé que se metió en la relación de Idoya y Manuel, y que tuvo problemas
con las demás. Tampoco me importa. Nunca me he llevado bien con ella del
todo, y creo que nunca lo haré. Por otra parte, Alica y Ángela eran
inseparables. Y, como siempre, yo y Elisa íbamos por nuestra cuenta.
Irene y Angélica cada vez estaban más unidas al grupo, aunque seguían
sin venirse con nosotras en los recreos. Yo y Elisa estábamos a favor de
que saliesen con nosotras, porque así éramos más gente. Pero dentro del
grupo, nadie pensaba lo mismo, así que tuvimos varias discusiones por
eso. Prácticamente teníamos problemas todos los días. Todas éramos
falsas. Todas. Y lo seguimos siendo.
Las notas...buenas. La verdad es que estaba contenta por eso. Matemáticas y Física y Química me daban algún problema, pero con las clases de mi tía, aprobaba, e incluso sacaba buenas notas.
Mientras, en casa, tenía algunas discusiones por culpa del móvil y del ordenador. Pero no era ningún problema para mí. Imagino que si eres adolescente, lo entenderás. Ordenador, móvil, comida, televisión, móvil, ordenador, móvil, ordenador, televisión.... Lo típico.
Como modelo estaba bien. Entre las sesiones de fotos, la academia de baile y las clases de pintura, no tenía tiempo de hacer muchas cosas, pero me organizaba bien. Un día, en un reportaje, conocí a un chico perfecto. No me gustaba, claro, pero era el mejor amigo que se puede imaginar. Empezamos a hablar todos los días, y pronto nos hicimos inseparables. Todavía hoy, lo seguimos siendo.
Y, por último, el apartado de chicos. Bien. Mal. Regular. No sé. No sé si estaba bien, o si estaba mal. Ese apartado cada vez estaba más gris. Ni blanco, ni negro. Gris. Gris oscuro. Aunque, por otra parte, ese tema es el que le daba algo de emoción a mi vida. Porque no había vida más aburrida que la mía.
Y lo que pasó el resto del curso, fue una historia bastante emocionante. Una historia que parece sacada de una película de amor. Tan real, que parece inventada.
Las notas...buenas. La verdad es que estaba contenta por eso. Matemáticas y Física y Química me daban algún problema, pero con las clases de mi tía, aprobaba, e incluso sacaba buenas notas.
Mientras, en casa, tenía algunas discusiones por culpa del móvil y del ordenador. Pero no era ningún problema para mí. Imagino que si eres adolescente, lo entenderás. Ordenador, móvil, comida, televisión, móvil, ordenador, móvil, ordenador, televisión.... Lo típico.
Como modelo estaba bien. Entre las sesiones de fotos, la academia de baile y las clases de pintura, no tenía tiempo de hacer muchas cosas, pero me organizaba bien. Un día, en un reportaje, conocí a un chico perfecto. No me gustaba, claro, pero era el mejor amigo que se puede imaginar. Empezamos a hablar todos los días, y pronto nos hicimos inseparables. Todavía hoy, lo seguimos siendo.
Y, por último, el apartado de chicos. Bien. Mal. Regular. No sé. No sé si estaba bien, o si estaba mal. Ese apartado cada vez estaba más gris. Ni blanco, ni negro. Gris. Gris oscuro. Aunque, por otra parte, ese tema es el que le daba algo de emoción a mi vida. Porque no había vida más aburrida que la mía.
Y lo que pasó el resto del curso, fue una historia bastante emocionante. Una historia que parece sacada de una película de amor. Tan real, que parece inventada.
miércoles, 3 de octubre de 2012
CAPÍTULO 19.
No recuerdo el día en que las cosas fueron a más, pero sí recuerdo que
fue involuntario. Pasaban los días, las semanas... pero el hambre, nunca
aparecía. Pasé de dejar la mitad del plato a dejarle entero. a veces,
tenía hambre y comía cualquier cosa. Pero después, sin quererlo, me
encerraba en el baño, y expulsaba todo lo que había comido con ayuda del
dedo índice y el corazón. Me sentía mal por hacer eso. Pero no lo podía
controlar. Al día siguiente lo volvía a hacer, y volvía a llorar
apoyada en la puerta del baño, en silencio. Y después abrir la puerta y
sonreír como si nada hubiese pasado. Nadie se lo podía imaginar. Mis
padres no están nunca en casa, así que era difícil de ocultar. Con mis
amigos me comportaba normalmente. A decir verdad, solo comía con ellos.
Nunca se lo conté a nadie. Nunca pensé que era un problema. No lo hacía
por adelgazar. O sí. Todavía sigo buscando una explicación a eso. Pero a
veces la mejor respuesta es no preguntarse por qué.
Tardé en parar de hacerlo. Llevaba todo segundo y tercero haciéndolo, y por supuesto, no fue fácil detenerlo. Tampoco recuerdo cuándo me dí cuenta de que debía parar. Un día me estaba cambiando de ropa, y no encontraba la camiseta que me pensaba poner. Busqué en todas partes. Caminé en ropa interior por toda la casa intentando encontrar la camiseta. Entré en la habitación de mis padres, y lo vi. Vi la camiseta. Pero vi más que eso. Vi mi reflejo en el espejo que tanto había soñado tener en mi habitación desde que era pequeña. Sí, me había mirado mucho antes, pero nunca de ese modo. Me puse frente a él, y me enfrenté a la realidad. Los brazos, las piernas, la tripa... se marcaban todos los huesos de mi cuerpo. Me daba asco a mí misma. No era nada parecido a aquellas fotos de chicas anoréxicas o bulímicas que puedes ver en cualquier parte. Pero aún así, era horrible. Era horrible para mí. Llorando, fuí al baño. Me subí encima de la báscula por primera vez en el curso. Y comprobé lo que era evidente. Había adelgazado mucho. Demasiado. Mucho más de lo que debería. Ese día le terminé como todos, con una falsa sonrisa para no llamar la atención de nadie. Pero esa misma noche, se lo conté todo a Cody. Pasamos la noche sin dormir, hablando. Como hacíamos en los viejos tiempos. Me hubiera gustado que la conversación no fuese de ese tema, pero me ayudó mucho. Tanto, que cuando apagué el móvil tras despedirme de él a las ocho de la mañana, me prometí a mi misma parar todo aquello.
Mi madre ya sabía que estaba adelgazando, pero no le dio importancia. La gente también lo había notado. Pero no me importaba. Sabía que todo iba a cambiar. Meses después, mi madre me llevó al médico. Al principio tenía miedo de que notasen lo que había pasado meses atrás, pero me dí cuenta de que era imposible. Había engordado unos kilos desde entonces, y no había vuelto a hacer nada de eso. Aunque seguía sin tener hambre y continuaba estando más delgada de lo que debería. El médico me midió y me pesó. Dijo que si adelgazaba un kilo, me saldría del percentil. Estaba sana, pero demasiado delgada. Me mandó hacerme unos análisis y tomar una pequeña medicación. Más tarde fuimos a por los resultados de los análisis, en los que ponía que estaba todo bien. Al mes siguiente, volvimos al médico para que me hiciese una pequeña revisión. Había engordado más de 6 kilos. Ni yo, ni mi madre, ni el médico podíamos creernos que en tan poco tiempo hubiera progresado tanto. Salí muy feliz de allí.
Aunque todo eso es pasado siempre va a estar ahí. Siempre voy a tener el recuerdo. Siempre voy a estar acomplejada con el peso. No voy a dejar de pensar que estoy demasiado delgada. No es divertido que alguien me diga que estoy muy delgada, que alguien diga algo relacionado con el peso, que se me escapen las lágrimas en una charla sobre la bulimia y la anorexia. Son cosas que no voy a poder evitar. Cosas que me van a pasar siempre, que me van a perseguir toda la vida. Pero nunca volverán a ser un presente.
Los problemas se solucionan. Dejan de ser tu presente y pasan a convertirse en pasado.
Tardé en parar de hacerlo. Llevaba todo segundo y tercero haciéndolo, y por supuesto, no fue fácil detenerlo. Tampoco recuerdo cuándo me dí cuenta de que debía parar. Un día me estaba cambiando de ropa, y no encontraba la camiseta que me pensaba poner. Busqué en todas partes. Caminé en ropa interior por toda la casa intentando encontrar la camiseta. Entré en la habitación de mis padres, y lo vi. Vi la camiseta. Pero vi más que eso. Vi mi reflejo en el espejo que tanto había soñado tener en mi habitación desde que era pequeña. Sí, me había mirado mucho antes, pero nunca de ese modo. Me puse frente a él, y me enfrenté a la realidad. Los brazos, las piernas, la tripa... se marcaban todos los huesos de mi cuerpo. Me daba asco a mí misma. No era nada parecido a aquellas fotos de chicas anoréxicas o bulímicas que puedes ver en cualquier parte. Pero aún así, era horrible. Era horrible para mí. Llorando, fuí al baño. Me subí encima de la báscula por primera vez en el curso. Y comprobé lo que era evidente. Había adelgazado mucho. Demasiado. Mucho más de lo que debería. Ese día le terminé como todos, con una falsa sonrisa para no llamar la atención de nadie. Pero esa misma noche, se lo conté todo a Cody. Pasamos la noche sin dormir, hablando. Como hacíamos en los viejos tiempos. Me hubiera gustado que la conversación no fuese de ese tema, pero me ayudó mucho. Tanto, que cuando apagué el móvil tras despedirme de él a las ocho de la mañana, me prometí a mi misma parar todo aquello.
Mi madre ya sabía que estaba adelgazando, pero no le dio importancia. La gente también lo había notado. Pero no me importaba. Sabía que todo iba a cambiar. Meses después, mi madre me llevó al médico. Al principio tenía miedo de que notasen lo que había pasado meses atrás, pero me dí cuenta de que era imposible. Había engordado unos kilos desde entonces, y no había vuelto a hacer nada de eso. Aunque seguía sin tener hambre y continuaba estando más delgada de lo que debería. El médico me midió y me pesó. Dijo que si adelgazaba un kilo, me saldría del percentil. Estaba sana, pero demasiado delgada. Me mandó hacerme unos análisis y tomar una pequeña medicación. Más tarde fuimos a por los resultados de los análisis, en los que ponía que estaba todo bien. Al mes siguiente, volvimos al médico para que me hiciese una pequeña revisión. Había engordado más de 6 kilos. Ni yo, ni mi madre, ni el médico podíamos creernos que en tan poco tiempo hubiera progresado tanto. Salí muy feliz de allí.
Aunque todo eso es pasado siempre va a estar ahí. Siempre voy a tener el recuerdo. Siempre voy a estar acomplejada con el peso. No voy a dejar de pensar que estoy demasiado delgada. No es divertido que alguien me diga que estoy muy delgada, que alguien diga algo relacionado con el peso, que se me escapen las lágrimas en una charla sobre la bulimia y la anorexia. Son cosas que no voy a poder evitar. Cosas que me van a pasar siempre, que me van a perseguir toda la vida. Pero nunca volverán a ser un presente.
Los problemas se solucionan. Dejan de ser tu presente y pasan a convertirse en pasado.
CAPÍTULO 18.
Ya se estaba acabando el primer trimestre. De un día para otro dejé de
hablar con Nacho. Después me enteré de que estaba saliendo con una
chica, así que no volvimos a tener una conversación como las de antes.
Aram, cuando le dejé, empezó a hablar con otra chica. Más tarde, se dio
cuenta de que no tendría nada con ella y me propuso volver. Por
supuesto, le dije que no.
Pasó algo de tiempo. Lo justo. Nunca supe por qué, ni cuando exactamente, ni cómo, pero comencé a tener problemas. Problemas que ya había tenido antes. Problemas que no se solucionan de un día para otro. Problemas difíciles de explicar. Problemas que a nadie le gustaría tener. Problemas con la comida.
A finales de primero y durante segundo, empezaron esos problemas. No sé por qué empezaron. Ni siquiera era consciente de lo que hacía. No lo empecé a posta. En primaria no me importaba mi peso. Empecé a engordar en el instituto, incluso mi madre me dijo que estaba engordando demasiado. Pero nunca me llegó a importar. O eso pensaba. Primero, dejé de tener ganas de comer. Dejaba la mitad de la comida en el plato todos los días. No porque quisiese adelgazar, sino porque no tenía ganas de comer. Así, pasó el tiempo. Fui adelgazando sin darme cuenta. Sin quererlo. Sin buscarlo. Sin estar interesada en adelgazar. La gente no me decía que estaba gorda. Yo tampoco lo pensaba. De vez en cuando me comparaba con Elisa. Veía lo pequeña y delgada que era, y me veía a mi. No me gustaba mi cuerpo, pero no buscaba cambiarlo. O sí.
Un día en el espejo vi que ya no estaba como antes. Seguía habiendo partes de mi cuerpo que no me gustaban, pero había cambiado mucho. Seguí sin tener ganas de comer hasta finales de segundo. Mi madre se dio cuenta de que estaba adelgazando, pero no le dio importancia. Porque no la tenía.
Cuando acabó segundo, yo tenía otro cuerpo totalmente diferente. No adelgacé más durante el verano, pero tampoco engordé. Es difícil de explicar.
Pero, aunque eso parecen problemas, no tienen nada que ver con lo que os quería contar. Los problemas en tercero con la comida fueron mas allá. Mucho más de lo que me esperaba. Difícil de explicar, difícil de superar.
Pasó algo de tiempo. Lo justo. Nunca supe por qué, ni cuando exactamente, ni cómo, pero comencé a tener problemas. Problemas que ya había tenido antes. Problemas que no se solucionan de un día para otro. Problemas difíciles de explicar. Problemas que a nadie le gustaría tener. Problemas con la comida.
A finales de primero y durante segundo, empezaron esos problemas. No sé por qué empezaron. Ni siquiera era consciente de lo que hacía. No lo empecé a posta. En primaria no me importaba mi peso. Empecé a engordar en el instituto, incluso mi madre me dijo que estaba engordando demasiado. Pero nunca me llegó a importar. O eso pensaba. Primero, dejé de tener ganas de comer. Dejaba la mitad de la comida en el plato todos los días. No porque quisiese adelgazar, sino porque no tenía ganas de comer. Así, pasó el tiempo. Fui adelgazando sin darme cuenta. Sin quererlo. Sin buscarlo. Sin estar interesada en adelgazar. La gente no me decía que estaba gorda. Yo tampoco lo pensaba. De vez en cuando me comparaba con Elisa. Veía lo pequeña y delgada que era, y me veía a mi. No me gustaba mi cuerpo, pero no buscaba cambiarlo. O sí.
Un día en el espejo vi que ya no estaba como antes. Seguía habiendo partes de mi cuerpo que no me gustaban, pero había cambiado mucho. Seguí sin tener ganas de comer hasta finales de segundo. Mi madre se dio cuenta de que estaba adelgazando, pero no le dio importancia. Porque no la tenía.
Cuando acabó segundo, yo tenía otro cuerpo totalmente diferente. No adelgacé más durante el verano, pero tampoco engordé. Es difícil de explicar.
Pero, aunque eso parecen problemas, no tienen nada que ver con lo que os quería contar. Los problemas en tercero con la comida fueron mas allá. Mucho más de lo que me esperaba. Difícil de explicar, difícil de superar.
CAPÍTULO 17.
Me desperté tarde como cualquier fin de semana. Desayuné viendo la
televisión y después encendí el ordenador. Mientras se cargaba, me lavé
la cara y los dientes, me peiné e hice la cama. Me senté en la silla
frente al ordenador y me dispuse a pasar el resto de la mañana ahí
sentada sin hacer nada productivo. Apenas pensé en el día anterior. No
se por qué, pero no estaba emocionada. Tampoco sabía si tenía que
estarlo. Abrí el Tuenti y revisé las novedades, pero rápidamente lo
cerré. No quería hablar con Aram, ni con Elsa, ni con ninguna de mis
amigas. Simplemente, no me apetecía. Abrí el Twitter. Tres nuevas
menciones y un nuevo seguidor. El nuevo seguidor, un tal @naachoo95,
había dicho que le gustaba la gorra que llevaba en la foto. Sonrisa. Le
contesté lo más amablemente que pude, y seguí revisando el resto de las
redes sociales. @naachoo95 volvió a mandarme un tweet. Esta vez, sacando
un tema de conversación. Parecía majo. Le contesté. Me respondió. Le
escribí, y me volvió a mencionar. Así, durante toda la mañana. Incluso
me pidió el Tuenti para poder hablar.
El resto de la mañana pasó igual de rápido que el fin de semana. La semana siguiente fue un completo desorden. Por un lado, seguí saliendo con Aram, aunque no nos habíamos vuelto a ver y no hablábamos mucho. Por otra parte, estaba @naachoo95. Nacho. Con el que hablaba todas las noches. Me trataba como a cualquier chica le gustaría que le trataran. Por supuesto, no me creía nada, aunque nunca se lo dije. Le seguía el juego. Vivía en Madrid, así que no le podía ver, pero me hizo darme cuenta de que con Aram estaba haciendo el tonto. Había chicos que me podían tratar mejor, y que no podía salir con alguien sin sentir nada por él. Y por último, estaba Cody. Le cabreaba que hablase más con Nacho que con el y, por supuesto, no le gustaba que saliese con Aram. Aunque él nunca lo reconoció, tenía celos de todos.
La semana pasó, y yo me di cuenta de que así no podía estar. Dejé a Aram justo cuando hicimos una semana. Me había contado que se había enfadado con Aaron, y las razones me llevaron a tener más ganas de dejarle. Además, Nacho seguía hablando conmigo y había dejado a su novia, así que lo tenía todo claro. Más tarde me contaron que fumaba de todo y que se iba con gente que no era de fiar. También me contaron que el día que nos vimos en la discoteca, le dijo a Aaron que "seguro que me abría de piernas muy bien" y que "me llevaría al baño para pasarlo bien". comentarios que, por supuesto, no me gustaron nada.
Si sales con alguien, por lo menos, conocelo un poco.
El resto de la mañana pasó igual de rápido que el fin de semana. La semana siguiente fue un completo desorden. Por un lado, seguí saliendo con Aram, aunque no nos habíamos vuelto a ver y no hablábamos mucho. Por otra parte, estaba @naachoo95. Nacho. Con el que hablaba todas las noches. Me trataba como a cualquier chica le gustaría que le trataran. Por supuesto, no me creía nada, aunque nunca se lo dije. Le seguía el juego. Vivía en Madrid, así que no le podía ver, pero me hizo darme cuenta de que con Aram estaba haciendo el tonto. Había chicos que me podían tratar mejor, y que no podía salir con alguien sin sentir nada por él. Y por último, estaba Cody. Le cabreaba que hablase más con Nacho que con el y, por supuesto, no le gustaba que saliese con Aram. Aunque él nunca lo reconoció, tenía celos de todos.
La semana pasó, y yo me di cuenta de que así no podía estar. Dejé a Aram justo cuando hicimos una semana. Me había contado que se había enfadado con Aaron, y las razones me llevaron a tener más ganas de dejarle. Además, Nacho seguía hablando conmigo y había dejado a su novia, así que lo tenía todo claro. Más tarde me contaron que fumaba de todo y que se iba con gente que no era de fiar. También me contaron que el día que nos vimos en la discoteca, le dijo a Aaron que "seguro que me abría de piernas muy bien" y que "me llevaría al baño para pasarlo bien". comentarios que, por supuesto, no me gustaron nada.
Si sales con alguien, por lo menos, conocelo un poco.
CAPÍTULO 16.
Llegamos a casa de Elsa, y llamamos al portero. No había nadie. Y ella
tampoco tenía llaves. Perfecto vamos. Hacía mucho frío fuera, y cada vez
llovía más. No sabíamos qué hacer. Salió una señora del portal, y
entramos, por lo menos, para refugiarnos. Subimos hasta el piso de Elsa,
y nos sentamos en las escaleras frente a la puerta de entrada. Por lo
menos, cogíamos la señal wifi de su casa, así que no lo pasamos muy mal.
Estuvimos conectadas con el móvil el resto del tiempo que nos quedaba.
De vez en cuando decíamos cosas como: "ya verás que vergüenza...", "¿Y
si no van?", "esperar es una mierda", "¡estoy de los nervios!", "¿Y si
nos quedamos aquí y no vamos?", "Puufff..." etc. Estuvimos así hasta que
llegó la hora de irnos. Bajamos, y nos miramos una última vez en el
espejo que hay en su portal. La lluvia no había destrozado del todo mi
pelo, así que dentro de lo malo, estaba bien.
Salimos de allí y, bajo el paraguas, andamos a paso ligero hasta el lugar dónde habíamos quedado. Nos acercamos un poco, con vergüenza, y vimos que no había nadie. Pensamos que nos habían dado plantón. En cierta parte, me alegré. Así no tendría que pasarlo mal cuando le viera. Nos estábamos alejando comentando el ridículo que habíamos hecho al haber ido, cuando dos chicos acercaron hasta allí. Aram y Aaron. De repente, se esfumaron todos los nervios que tenía desde esa mañana. Nos acercamos a ellos, que nos recibieron con un pequeño beso. Adiós vergüenza también.
Llovía cada vez más y sólo teníamos un paraguas para cuatro personas. no sabíamos que hacer o a dónde ir, así que nos metimos en unos soportales. Aaron se acercó a Elsa, y yo me acerqué a Aram. No voy a entrar en detalles de lo que viene a continuación, os lo podéis imaginar. Sonrisas, besos, miradas. Pero ningún sentimiento, por parte de ninguno.
Después, fuimos a la plaza. Allí se juntaron con unos amigos, y Elsa y yo nos queríamos ir cada una por nuestra cuenta. Saqué el móvil y llamé a Elisa.
Yo: Prima... ¿dónde estáis?
E: Eh...¿prima?..¡Ah Sí!...estamos subiendo a la plaza. ¿Vas a venir ya?
Yo: Sí. Os espero aquí.
E: ¿Está A. a tu lado?
Yo: Sí jajaja
E: jajaja no me lo puedo creer. Bueno, ahora nos vemos.
Yo: Adiós.
Fin de la llamada. Menos mal que Elisa y yo nos entendemos a la perfección. Sabemos cómo hablar para que nadie a nuestro alrededor se entere del tema de la conversación o de con quién estamos hablando. Había sido una perfecta maniobra de escape. Le dije a Aram que mi prima iba a subir a la plaza, y que tenía que estar con ella. Se quedó un poco extrañado, pero no hizo preguntas. vinieron las amigas de Elsa, así que ella también se fue. Me alejé de allí con ellas, hasta que me crucé con Elisa y mi grupo. Me despedí de Elsa y me acerqué a mis amigas.
Ninguna dio mucha importancia a que yo estuviese allí excepto Elisa y Ángela. Así que a Elisa la conté todos los detalles de la "cita" y a Ángela se lo conté desde el principio, ya que ella no sabía nada.
El resto de la noche pasó igual de rápido que las demás. Cuando llegué a casa, estaba tan cansada que me metí directamente en la cama. El día siguiente sería un día más relajado.
Salimos de allí y, bajo el paraguas, andamos a paso ligero hasta el lugar dónde habíamos quedado. Nos acercamos un poco, con vergüenza, y vimos que no había nadie. Pensamos que nos habían dado plantón. En cierta parte, me alegré. Así no tendría que pasarlo mal cuando le viera. Nos estábamos alejando comentando el ridículo que habíamos hecho al haber ido, cuando dos chicos acercaron hasta allí. Aram y Aaron. De repente, se esfumaron todos los nervios que tenía desde esa mañana. Nos acercamos a ellos, que nos recibieron con un pequeño beso. Adiós vergüenza también.
Llovía cada vez más y sólo teníamos un paraguas para cuatro personas. no sabíamos que hacer o a dónde ir, así que nos metimos en unos soportales. Aaron se acercó a Elsa, y yo me acerqué a Aram. No voy a entrar en detalles de lo que viene a continuación, os lo podéis imaginar. Sonrisas, besos, miradas. Pero ningún sentimiento, por parte de ninguno.
Después, fuimos a la plaza. Allí se juntaron con unos amigos, y Elsa y yo nos queríamos ir cada una por nuestra cuenta. Saqué el móvil y llamé a Elisa.
Yo: Prima... ¿dónde estáis?
E: Eh...¿prima?..¡Ah Sí!...estamos subiendo a la plaza. ¿Vas a venir ya?
Yo: Sí. Os espero aquí.
E: ¿Está A. a tu lado?
Yo: Sí jajaja
E: jajaja no me lo puedo creer. Bueno, ahora nos vemos.
Yo: Adiós.
Fin de la llamada. Menos mal que Elisa y yo nos entendemos a la perfección. Sabemos cómo hablar para que nadie a nuestro alrededor se entere del tema de la conversación o de con quién estamos hablando. Había sido una perfecta maniobra de escape. Le dije a Aram que mi prima iba a subir a la plaza, y que tenía que estar con ella. Se quedó un poco extrañado, pero no hizo preguntas. vinieron las amigas de Elsa, así que ella también se fue. Me alejé de allí con ellas, hasta que me crucé con Elisa y mi grupo. Me despedí de Elsa y me acerqué a mis amigas.
Ninguna dio mucha importancia a que yo estuviese allí excepto Elisa y Ángela. Así que a Elisa la conté todos los detalles de la "cita" y a Ángela se lo conté desde el principio, ya que ella no sabía nada.
El resto de la noche pasó igual de rápido que las demás. Cuando llegué a casa, estaba tan cansada que me metí directamente en la cama. El día siguiente sería un día más relajado.
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